¿Necesito un suplemento de omega3?

Guía práctica para entender cuándo puede ser útil y cómo elegirlo con criterio

En los últimos años, el interés por los suplementos nutricionales ha crecido de forma extraordinaria. Basta con navegar unos minutos por internet, abrir una red social o leer una revista de salud para encontrarnos con productos que prometen ayudarnos a dormir mejor, tener más energía, fortalecer las defensas, mejorar la concentración, cuidar las articulaciones o retrasar el envejecimiento.

El uso de suplementos con omega3 se ha popularizado. Intentaremos responder a la pregunta ” ¿Necesito un suplemento de omega3?.

Nunca habíamos tenido tanta información sobre salud al alcance de la mano. Pero, junto a esa información, también han crecido la publicidad, el marketing y, en muchas ocasiones, la confusión. Es fácil acabar pensando que para estar sano hay que tomar varios suplementos al día.

En consulta veo con frecuencia personas que llegan con una bolsa llena de botes. Algunos les han sido recomendados por un profesional; otros los compraron después de leer un artículo, ver un vídeo o escuchar el consejo de un amigo. Y casi siempre acabamos haciéndonos la misma pregunta:

¿Realmente necesito tomar un suplemento de omega3?

La respuesta, como ocurre casi siempre cuando hablamos de salud, no es un simple sí o no.

Depende de cómo nos alimentamos, de nuestro estado de salud, de nuestros objetivos y, sobre todo, de si existe una razón para tomar omega3.

Por eso he querido escribir este artículo utilizando los omega3 como ejemplo. Más allá de hablar de un suplemento concreto, mi intención es ayudarte a entender cómo valorar cualquier complemento nutricional: cuándo puede tener sentido, cuándo probablemente no lo tenga, qué diferencias existen entre unos productos y otros y cómo elegir con criterio si finalmente decides utilizarlo.

Elige el omega3 que mejor se adapta a ti

¿Qué son realmente los omega?

Cuando hablamos de omega3, omega6, omega7 u omega9, muchas personas piensan que se trata de sustancias completamente diferentes. En realidad, todos pertenecen a una misma familia: la de los ácidos grasos, un tipo de grasa imprescindible para el funcionamiento normal de nuestro organismo.

Estas grasas forman parte de las membranas de todas nuestras células, participan en la comunicación entre ellas, ayudan al funcionamiento del sistema nervioso, intervienen en la respuesta inmunitaria y son necesarias para producir diferentes moléculas que regulan procesos tan importantes como la inflamación o la reparación de los tejidos.

Lo que diferencia a unos omega de otros no es que unos sean “buenos” y otros “malos”, sino su estructura química. Ese pequeño cambio hace que cada familia desempeñe funciones distintas dentro del organismo.

Idea clave

Todos los omega son ácidos grasos importantes para la salud, pero cada familia cumple funciones diferentes. No son intercambiables.

Ácidos grasos esenciales y no esenciales

Nuestro cuerpo puede fabricar muchas grasas, pero no todas.

Existen dos que necesariamente debemos obtener a través de la alimentación:

  • Ácido alfa-linolénico (ALA), precursor de los omega3.
  • Ácido linoleico (LA), precursor de los omega6.

Por eso reciben el nombre de ácidos grasos esenciales.

A partir de ellos, nuestro organismo puede fabricar otras moléculas con funciones muy importantes. Sin embargo, este proceso no siempre es eficiente. Un buen ejemplo es la conversión del ALA de origen vegetal en EPA y, especialmente, en DHA, las formas biológicamente más activas de los omega-3. Esta conversión suele ser limitada y varía mucho de una persona a otra.

Por eso, aunque alimentos como las nueces, la chía o las semillas de lino son muy saludables, no siempre aportan cantidades suficientes de EPA y DHA.

En cambio, el omega-9, cuyo principal representante es el ácido oleico del aceite de oliva virgen extra, no se considera un ácido graso esencial porque nuestro organismo puede sintetizarlo. Esto no significa que sea menos saludable; simplemente, no dependemos exclusivamente de la alimentación para obtenerlo.

¿Qué diferencia hay entre los distintos omega?

Aunque compartan nombre, cada familia de omega cumple funciones diferentes.

Omega3

Es, sin duda, el más conocido y también el más investigado.

Dentro de esta familia encontramos tres moléculas principales:

  • ALA, presente en alimentos vegetales como las nueces, la chía o las semillas de lino.
  • EPA, abundante en el pescado azul y en los aceites de pescado.
  • DHA, también presente en el pescado azul y en algunas microalgas.

El EPA y el DHA participan en procesos relacionados con la regulación de la inflamación, la salud cardiovascular, el funcionamiento del cerebro, la retina y el mantenimiento de unas membranas celulares sanas.

Omega6

Durante muchos años se ha dicho que el omega-6 “es inflamatorio”. Sin embargo, esta afirmación es demasiado simplista.

Los omega6 también son ácidos grasos esenciales y desempeñan funciones fundamentales en:

  • el crecimiento,
  • la reparación de tejidos,
  • el sistema inmunitario,
  • la salud de la piel.

El problema no suele ser consumir omega6, sino el desequilibrio. La alimentación occidental aporta con frecuencia grandes cantidades de aceites vegetales ricos en ácido linoleico y, en cambio, un consumo relativamente bajo de omega3.

Más que eliminar uno, el objetivo debería ser recuperar un equilibrio entre ambas familias.

Omega7

Aunque es mucho menos conocido, el omega7 está despertando un interés creciente.

Su principal componente es el ácido palmitoleico, presente de forma natural en el espino amarillo (Hippophae rhamnoides) y, en menor cantidad, en otros alimentos.

La investigación todavía es limitada, pero algunos estudios sugieren que podría contribuir al mantenimiento de las mucosas y de la superficie ocular. Por este motivo, algunos suplementos se utilizan como apoyo en personas con sequedad ocular, bucal o vaginal.

Más adelante veremos en qué situaciones puede tener sentido.

Omega9

El principal representante de esta familia es el ácido oleico, característico del aceite de oliva virgen extra, uno de los pilares de la dieta mediterránea.

Aunque no sea un ácido graso esencial, forma parte de un patrón de alimentación ampliamente asociado a una buena salud cardiovascular.

Idea clave

El omega9 no sustituye al omega3. Ambos cumplen funciones diferentes y no son intercambiables.

¿Necesito un suplemento de omega3?

Probablemente esta sea la pregunta que muchas personas esperan responder al leer este artículo.

Sin embargo, antes de contestarla, creo que merece la pena hacerse otra pregunta:

¿Estamos hablando de nutrición o de un objetivo terapéutico?

Porque una cosa es utilizar un suplemento para cubrir una necesidad nutricional y otra muy distinta emplearlo como apoyo dentro del tratamiento de un problema de salud concreto.

Comprender esta diferencia evita muchas confusiones y explica por qué, a veces, encontramos opiniones aparentemente contradictorias sobre los omega-3.

Cuando hablamos de nutrición

Si una persona sigue una alimentación variada, consume pescado azul con regularidad y no presenta ninguna circunstancia especial, lo más probable es que no necesite un suplemento de omega3.

En estos casos, una buena alimentación suele ser suficiente para cubrir las necesidades del organismo.

No obstante, existen situaciones en las que puede ser interesante valorar una suplementación con un objetivo exclusivamente nutricional.

Puede ser útil valorar un suplemento cuando…

  • Se sigue una alimentación vegetariana estricta o vegana.
  • El consumo de pescado azul es muy escaso o inexistente.
  • Existen necesidades aumentadas, como durante el embarazo o la lactancia.
  • La alimentación es muy limitada por diferentes motivos.

En estos casos, el objetivo del suplemento no es tratar una enfermedad, sino complementar la alimentación cuando esta no consigue aportar todos los nutrientes necesarios.

Idea clave

La suplementación nutricional busca cubrir posibles déficits. No pretende tratar una patología.

Cuando hablamos de un objetivo terapéutico

La situación cambia cuando existe un problema de salud concreto.

Pensemos, por ejemplo, en una persona con:

  • inflamación mantenida en el tiempo,
  • una enfermedad autoinmune,
  • o unos triglicéridos elevados.

En estos casos, el objetivo ya no es únicamente aportar un nutriente esencial, sino aprovechar algunas de las propiedades biológicas del EPA y del DHA para ayudar al organismo a regular determinados procesos relacionados con la inflamación, el metabolismo de las grasas o el funcionamiento celular.

Aquí aparece una diferencia muy importante.

Las dosis utilizadas con una finalidad terapéutica suelen ser muy superiores a las empleadas para cubrir simplemente las necesidades nutricionales.

Además, ya no basta con elegir cualquier omega-3. Cobran especial importancia aspectos como:

  • la cantidad real de EPA y DHA,
  • la forma química del suplemento,
  • su biodisponibilidad,
  • y la calidad del proceso de fabricación.

Por eso, cuando hablamos de suplementación terapéutica, no existe una dosis universal.

La cantidad adecuada dependerá del objetivo que buscamos, de la situación clínica de la persona y del criterio del profesional que realiza el seguimiento.

Entonces… ¿necesito un suplemento de omega-3?

Como ocurre con tantas cuestiones relacionadas con la salud, la respuesta es sencilla:

Depende

No deberíamos preguntarnos si el omega-3 “es bueno” o “es malo”, sino si está indicado en nuestro caso.

No es lo mismo una persona sana que simplemente quiere asegurarse un buen aporte de omega-3 que otra con una indicación terapéutica concreta.

En ambos casos hablamos de las mismas moléculas, pero:

  • cambia el motivo por el que se utilizan,
  • cambia la dosis recomendada,
  • y puede cambiar incluso el tipo de suplemento más adecuado.

Precisamente por eso es tan fácil encontrar mensajes aparentemente contradictorios.

Algunos profesionales afirman, con razón, que una persona sana probablemente no necesite suplementarse si mantiene una alimentación equilibrada.

Otros utilizan los omega-3 como una herramienta terapéutica en pacientes con determinadas patologías, también con fundamento científico.

En realidad, ambos tienen razón.

Simplemente están respondiendo a preguntas diferentes.

Idea clave

Antes de decidir si un suplemento merece la pena, conviene preguntarse qué queremos conseguir con él. Solo entonces podremos valorar si realmente lo necesitamos, qué dosis puede tener sentido utilizar y qué tipo de producto es el más adecuado.

¿Cómo puede el omega-3 mejorar mi salud?

Una de las razones por las que los omega-3 han despertado tanto interés es que no actúan como un medicamento convencional.

No están diseñados para “apagar” un síntoma concreto, sino que forman parte del funcionamiento normal de nuestro organismo.

El EPA y el DHA se incorporan a las membranas de nuestras células y participan en numerosos procesos biológicos.

Gracias a ello, pueden influir en:

  • la comunicación entre las células,
  • la respuesta del sistema inmunitario,
  • el metabolismo de las grasas,
  • y la forma en que el organismo responde frente a la inflamación.

La inflamación: un mecanismo necesario

Aquí merece la pena detenerse un momento para entender una idea importante.

La inflamación no siempre es algo negativo.

De hecho, es un mecanismo de defensa imprescindible para combatir infecciones o reparar un tejido dañado.

El problema aparece cuando esa respuesta inflamatoria se mantiene más tiempo del necesario o deja de resolverse correctamente.

En los últimos años se ha descubierto que el EPA y el DHA son los precursores de unas moléculas llamadas:

  • resolvinas,
  • protectinas,
  • maresinas

Estas sustancias no bloquean la inflamación.

Lo que hacen es ayudar al organismo a ponerle fin cuando ya ha cumplido su función, favoreciendo el regreso al equilibrio.

Este descubrimiento ha cambiado en parte nuestra forma de entender los omega-3.

Hoy sabemos que no solo participan en la respuesta inflamatoria, sino también en su resolución, un proceso igual de importante para mantener la salud.

Por este motivo, se han estudiado en ámbitos tan diversos como:

  • la salud cardiovascular,
  • las enfermedades inflamatorias,
  • algunas patologías autoinmunes,
  • el metabolismo,
  • la salud cerebral,
  • y la fertilidad.

Idea clave
Los omega-3 no eliminan la inflamación. Ayudan al organismo a resolverla cuando ya ha cumplido su función.

EPA y DHA: dos moléculas, dos funciones complementarias

Aunque solemos hablar de “omega-3” como si fuera una única sustancia, en realidad los dos protagonistas son:

  • EPA (ácido eicosapentaenoico)
  • DHA (ácido docosahexaenoico)

Comparten muchas funciones, pero cada uno destaca en aspectos diferentes.

EPA: el gran protagonista de la respuesta inflamatoria

El EPA participa especialmente en la producción de moléculas implicadas en la resolución de la inflamación y ha sido el más estudiado en situaciones como:

  • procesos inflamatorios crónicos,
  • dolor de origen inflamatorio,
  • algunas enfermedades autoinmunes,
  • hipertrigliceridemia,
  • prevención cardiovascular en pacientes seleccionados.

Por ello, cuando el objetivo es terapéutico, muchos suplementos priorizan un mayor contenido de EPA

DHA: estructura y protección del sistema nervioso

El DHA tiene un papel diferente.

Forma parte de la estructura del cerebro, de la retina y de las membranas neuronales.

Es especialmente importante durante el embarazo y la lactancia, cuando el sistema nervioso del bebé se encuentra en pleno desarrollo.

Sin embargo, su importancia no termina ahí.

También continúa siendo relevante durante toda la vida para contribuir al mantenimiento de la función cerebral y visual.

Por este motivo, cuando el objetivo principal es el desarrollo neurológico o el mantenimiento de la función cognitiva, suele recomendarse un mayor aporte de DHA.

Entonces… ¿qué es mejor, EPA o DHA?

Es una de las preguntas que más escucho en consulta.

Y la respuesta es sencilla:

Ninguno es mejor que el otro.

Cada uno cumple funciones diferentes y, en la mayoría de las situaciones, trabajan de forma complementaria.

Por eso, la mayoría de suplementos combinan ambas moléculas, intentando reproducir el perfil natural del pescado azul.

Sin embargo, dependiendo del objetivo, puede ser interesante modificar esa proporción.

Idea clave

Más que buscar “el mejor omega-3”, la pregunta adecuada es: ¿cuál es el más apropiado para el objetivo que quiero conseguir?

¿Todos los suplementos de omega-3 son iguales?

La respuesta es clara:

No.

Y probablemente este sea uno de los aspectos más importantes que conviene conocer antes de comprar un suplemento.

Dos productos pueden anunciar en su etiqueta “1000 mg de aceite de pescado” y, sin embargo, ser muy diferentes entre sí.

Pueden contener cantidades distintas de EPA y DHA, presentarse en formas químicas diferentes y haber sido elaborados mediante procesos de fabricación y controles de calidad muy distintos.

Por eso, antes de elegir un omega-3, siempre recomiendo fijarse en cuatro aspectos fundamentales.

Cómo elegir un buen omega3

1. La concentración: elegir según el objetivo

Uno de los errores más frecuentes es pensar que 1000 mg de aceite de pescado equivalen a 1000 mg de omega-3.

No es así.

Lo realmente importante es comprobar cuántos miligramos de EPA y DHA aporta cada dosis.

Error frecuente

La cantidad de aceite de pescado no indica la cantidad real de omega-3. Lo importante es la suma de EPA y DHA.

Además, una mayor concentración no significa necesariamente que el producto sea mejor.

Dependerá del objetivo.

Si buscas complementar la alimentación

Un suplemento con una concentración moderada suele ser suficiente.

Si el objetivo es terapéutico

Cuando se necesitan dosis elevadas, un producto más concentrado permite alcanzar la cantidad recomendada con menos cápsulas y facilita la adherencia al tratamiento.

Idea clave

La concentración debe adaptarse al objetivo, no al marketing.

2. La forma química también importa

Los omega-3 pueden presentarse en distintas formas químicas.

Las más habituales son:

  • Triglicéridos naturales (TG)
  • Triglicéridos reesterificados (rTG)
  • Ésteres etílicos (EE)

No hace falta memorizar estos nombres, pero sí saber que no todas las formas se comportan exactamente igual.

Triglicéridos naturales (TG)

Son la forma en la que los omega-3 se encuentran de manera natural en el pescado.

Presentan una excelente biodisponibilidad y son habituales en suplementos de alta calidad.

Triglicéridos reesterificados (rTG)

También ofrecen una absorción muy elevada y suelen encontrarse en productos de gama alta con concentraciones elevadas de EPA y DHA.

Ésteres etílicos (EE)

También pueden ser eficaces, especialmente cuando se toman junto con las comidas.

Sin embargo, en determinadas circunstancias su absorción puede ser algo menor.

3. La calidad del aceite es tan importante como la dosis

Si hay un aspecto en el que personalmente creo que merece la pena ser exigente, es este.

Los omega-3 son grasas muy sensibles a:

  • la luz,
  • el calor,
  • y el oxígeno.

Cuando se oxidan, pierden estabilidad y parte de sus propiedades.

Además, al proceder en la mayoría de los casos de pescado marino, es imprescindible controlar la posible presencia de:

  • metales pesados,
  • PCB,
  • dioxinas,
  • y otros contaminantes ambientales.

Por eso, más allá de la dosis, siempre recomiendo elegir fabricantes que expliquen con transparencia cómo controlan la calidad de sus productos.

4. Certificaciones independientes

Una de las certificaciones internacionales más reconocidas es IFOS (International Fish Oil Standards).

Este programa analiza, entre otros aspectos:

✔ La cantidad real de EPA y DHA.

✔ El grado de oxidación del aceite.

✔ La presencia de metales pesados.

✔ PCB y dioxinas.

✔ La pureza del producto.

No todos los buenos fabricantes cuentan con esta certificación.

Sin embargo, cuando un suplemento dispone de ella supone una garantía adicional de transparencia y control de calidad.

Antes de comprar un omega3…

Creo que merece la pena detenerse un momento y hacerse estas preguntas:

✅ ¿Cuánto EPA aporta?

✅ ¿Cuánto DHA aporta?

✅ ¿La concentración es adecuada para el objetivo que persigo?

✅ ¿Qué forma química utiliza?

✅ ¿El fabricante informa sobre la pureza del aceite?

✅ ¿Dispone de controles de calidad o certificaciones independientes?

Resumen

Igual que ocurre con cualquier complemento nutricional, la calidad de la materia prima es tan importante como la cantidad que tomamos. Si decidimos invertir en un suplemento, merece la pena escoger uno que ofrezca garantías de pureza, estabilidad y seguridad.

¿Qué dice realmente la evidencia científica?

A lo largo de las últimas décadas se han publicado miles de estudios sobre los omega-3.

Sin embargo, como ocurre con muchos nutrientes, no todas sus aplicaciones cuentan con el mismo nivel de evidencia científica.

Los resultados dependen de numerosos factores, entre ellos:

  • la dosis utilizada,
  • la proporción entre EPA y DHA,
  • la duración del tratamiento,
  • la población estudiada,
  • e incluso la forma química del suplemento empleado.

Por eso, conviene hacerse siempre tres preguntas:

  • ¿Para qué?
  • ¿En quién?
  • ¿Con qué dosis?

Solo así podremos interpretar correctamente la investigación disponible.

A día de hoy, la evidencia científica puede resumirse en tres grandes escenarios.

Salud cardiovascular: la evidencia más sólida

Es, probablemente, el ámbito donde la investigación es más consistente.

Existe un amplio consenso en que los omega-3 ayudan a reducir los niveles de triglicéridos y que, en determinados pacientes con alto riesgo cardiovascular, algunas formulaciones específicas de EPA han demostrado reducir el riesgo de eventos cardiovasculares cuando se utilizan como complemento al tratamiento habitual.

El ensayo REDUCE-IT, publicado en The New England Journal of Medicine, marcó un punto de inflexión al demostrar una reducción significativa del riesgo cardiovascular con icosapento etilo en pacientes seleccionados.

Referencia

Bhatt DL, Steg PG, Miller M, et al. Cardiovascular Risk Reduction with Icosapent Ethyl for Hypertriglyceridemia. N Engl J Med. 2019.

Enfermedades autoinmunes: resultados prometedores

En patologías inflamatorias como la artritis reumatoide, diferentes revisiones sistemáticas y metaanálisis han observado que la suplementación con omega-3 puede contribuir a reducir el dolor, la rigidez matutina y la necesidad de utilizar antiinflamatorios en algunos pacientes.

Aunque los beneficios suelen ser moderados y todavía existen diferencias entre los distintos estudios, los resultados son suficientemente consistentes como para considerar los omega-3 un apoyo interesante dentro de un abordaje global, siempre acompañando al tratamiento y nunca como sustituto del mismo.

La evidencia sugiere que los omega-3 pueden ser un complemento útil en algunas enfermedades inflamatorias, pero no sustituyen el tratamiento médico.

Referencia

Gkiouras K, et al. Efficacy of n-3 fatty acid supplementation on rheumatoid arthritis disease activity indicators: a systematic review and meta-analysis of randomized placebo-controlled trials. Critical Reviews in Food Science and Nutrition. 2024.

Fertilidad: un campo en plena evolución

La fertilidad es una de las áreas que más interés ha despertado en los últimos años.

Algunos estudios sugieren que un buen estado nutricional de EPA y DHA podría favorecer la calidad seminal y contribuir a crear un entorno metabólico e inflamatorio más favorable para la reproducción.

Sin embargo, la evidencia disponible todavía no permite afirmar que la suplementación con omega-3 aumente por sí sola las tasas de embarazo o de recién nacido vivo.

Se trata de una línea de investigación muy prometedora, pero todavía necesitamos estudios de mayor calidad antes de establecer recomendaciones firmes.

Conclusiones

Si has llegado hasta aquí, probablemente ya te habrás dado cuenta de que este artículo no hablaba únicamente de los omega-3.

En realidad, hablaba de algo mucho más importante:

Cómo tomar mejores decisiones cuando se trata de cuidar nuestra salud.

Vivimos en una época en la que tenemos acceso a una enorme cantidad de información. Eso es una gran ventaja.

Pero también significa que estamos expuestos a una publicidad constante que, muchas veces, nos hace pensar que siempre necesitamos un suplemento más.

Mi experiencia en consulta me ha enseñado que la respuesta casi nunca es tan sencilla.

Hay personas que obtendrán un beneficio claro de un suplemento bien indicado y otras en las que probablemente no aportará nada.

Y esa diferencia no depende del marketing, sino de conocer la historia de cada persona, su alimentación, sus necesidades y el objetivo que queremos conseguir.

Por eso, cuando un paciente me pregunta si un suplemento “es bueno”, rara vez respondo con un sí o con un no.

Prefiero hacer otra pregunta:

¿Qué esperamos conseguir con él?

Creo que esa es la verdadera clave.

Porque un suplemento no debería elegirse por una moda, por una promesa llamativa o porque alguien nos haya dicho que “va bien para todo”.

Debería elegirse cuando existe un motivo para utilizarlo y cuando podemos esperar un beneficio real.

Si después de leer este artículo la próxima vez que tengas un suplemento en las manos te detienes un momento, lees la etiqueta con más atención y te haces alguna pregunta antes de comprarlo, sentiré que el tiempo dedicado a escribir estas líneas habrá merecido la pena.

Porque, al final, la mejor inversión en salud no suele ser comprar más suplementos, sino comprender mejor lo que nuestro cuerpo necesita en cada momento.

Escrito por Núria Gras, acupuntora y terapeuta especializada en Medicina Tradicional China y Psiconeuroinmunología (PNI).

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